Todo comenzó cuando tenía un año y medio. Mis padres, siempre muy alegres y amorosos (por supuesto, esta historia me la contaron ellos así que hay ciertos puntos dudosos), solían acercarse a mi cada vez que yo estaba a punto de decir mi primer palabra. Entonces los observaba a ellos, balbuceaba y babeaba como buen bebé, y simplemente me quedaba mirándolos. Ellos dicen que mi mirada era profunda como el océano, aunque todavía no entiendo lo que significa.
Este escenario se repitió hasta los dos años y medio, momento en que mis padres decidieron llevarme a una fonoaudióloga. Después de varias series de estudios los médicos estaban desconcertados. No existía trastorno cognitivo alguno, simplemente cuando alguien se acercaba a hablarme, yo me quedaba mirando. Tengo algunas imágenes aisladas en la memoria también de dudosa veracidad, pero cada tanto aparece a quien mis padres llaman la doctora Alonso, una señora simpática que siempre me mostraba una cuchara y una hoja de papel. Recuerdo que hablaba mucho y su voz era divertida, como la de mi abuela, así que me dedicaba casi todo el tiempo a escucharla. También me debía resultar bastante divertido lo del papel, porque el resto del tiempo que estaba con la doctora Alonso lo pasaba garabateando en papeles.
Por favor, señores, un poco de paciencia les pido. Ahora sé lo que quiero decir, y estoy confiando en ustedes para contarlo. Lo sé... ustedes dijeron muchas palabras y oyeron otras miles, ¡pero yo no sabía que decir!, dejenme usarlas; es mi momento, señoras, ¡lo guardé todo este tiempo para usarlo!
Así que bueno, a los tres años ya podía dibujar todos los objetos que utilizaba cotidianamente. Mis padres también notaron que me empeñaba más en dibujar con música en el ambiente y así fue como comenzaron a sonar toda clase de bandas y orquestas. Como ya no me pidieron que hablara y todo el día podía hacer cosas divertidas simplemente no hablé.
Ese año lo recuerdo, entre otras cosas, porque me compraron una flauta dulce. Como había hecho mil dibujos escuchando mil canciones y ya las recordaba, a veces en lugar de dibujar acompañaba la canción con la flauta dulce. No piensen que sabía tocar la flauta dulce, ¡solamente me conocía todas las canciones!: no tengo la culpa si mis padres colocaban el mismo repertorio de mil canciones una y otra vez.
Unos meses después me regalaron a Coco, mi primer perro. Nunca había visto un perro así: tenía las orejas anchas y largas y era todo marrón, con un pelaje corto y suave. Sus ojos eran como dos pelotas de ping-pong y constantemente estaba saltando y babeando. Él no podía decir palabras, pero me respondía con distintos sonidos, como mi flauta. Fue todo un descubrimiento notar lo diferente que éramos él y yo, así que desde entonces comencé una etapa en la cual me retrataba a mi mismo en diferentes posiciones y con distinta vestimenta y objetos, mirando el espejo; ¡hasta tengo un retrato con la flauta!.
| Coco en sus ratos de meditación |
Parece que a los doctores esto les resultó particularmente curioso (sobre todo los retratos donde me reemplazaba a mi por Coco tocando la flauta o usando un cepillo de dientes), así que dos veces a la semana tenía que ir a hacer mis cosas a sus casas. Al principio me asusté y no quise ir, creyendo que iban a sacarme las pinturas y que me iba a aburrir, sin embargo después de unos cuantos berrinches me llevaron a la fuerza y no fue tan malo. Los doctores solamente querían que me dibujara en un espejo sosteniendo distintos objetos que me daban o que nombraban. Creo que les gustaban mis dibujos porque cada vez que terminaba uno sonreian. Curiosamente, ellos no me pedían que hablase y como siempre me decían que dibujara cosas, yo me entretenía en el espejo.
Ay, esto de hablar es extraño. Siento vibraciones en todo el estómago, como si tuviera una flauta dulce tocando una nota por letra. ¿Cómo puede ser que ustedes, habladores profesionales, se cansen de sentir la flauta dulce en el estómago?. ¡Ay!, me pone contento simplemente saber que ustedes también experimentan este divertido cosquilleo.
Necesito que me expliquen cosas, doctores y doctoras. ¡Hay mil incógnitas que me atormentaron y no me dejaron hablar!. Los vi hablar de cien formas distintas y aún no entiendo qué significan ni diez de ellas. Por ejemplo, vi a mis padres hablar frunciendo el seño y abriendo la boca como un cocodrilo hambriento; he visto a mis doctores hablando con los labios casi sellados y reclinándose levemente hacia adelante para que las palabras lleguen más lejos. ¡Hasta a mi abuela!, esa señora escueta que casi todo lo dice aspirando los labios con fuerza hacia adentro, como si se le trabaran algunas palabras.
Tengo muchas cosas para contarles pero dejenme respirar, por favor. Voy a contarles lo que pasa cuando las palabras hacen regalos. ¡Vi a tantos de ustedes hacer y recibir regalos sin agradecer!. Todavía no entiendo bien eso de agradecer... por lo pronto eso: voy a contarles qué sucede cuando las palabras hacen regalos.
Dejenme tomar un gran y profundo respiro.-